Hijos del Winnipeg, hijos del exilio

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Aprovechando que la memoria histórica ya no es noticia y hay otros asuntos más importantes que requieren su desuso, creo conveniente abordar aquí el tema del Winnipeg, el barco de vapor fletado por el poeta chileno Pablo Neruda para salvar a miles de españoles perseguidos en 1939.

La  Guerra Civil y el franquismo, en unos casos, y los campos de concentración europeos, en otros, llevaron a unos 2.200 españoles huir hacia Chile y Argentina en busca de una vida mejor.  Setenta años después de esa huida, hablan los hijos de los exiliados que, curiosamente, también tuvieron que huir de sus países de acogida.

Por razones personales y profesionales, este fin de semana asistí a las 48 horas por el derecho de asilo,  organizadas por la organización CEAR (Comisión Española de Ayuda al Refugiado). Lo que en un principio iba a ser un encierro en el colegio mayor Chaminade de Madrid para exigir un cambio en la redacción de la ley de Asilo, cuyo proyecto de ley ya ha sido presentado por el Gobierno, al final se acabó convirtiendo en un encuentro multicultural muy enriquecedor con charlas, testimonios y mesas redondas, etc.

En uno de estos encuentros me topé con los hijos del Winnipeg Chile, un grupo más o menos numeroso de chilenos cuyos padres se vieron obligados a huir de España a bordo del barco de vapor fletado por Neruda, el Schindler poeta chileno, durante su etapa como diplomático en Francia en 1939.

Durante su charla, caracterizada por la cercanía, los allí presentes relataban cómo Pablo Neruda se había sentido conmovido con la situación generada en España tras la Guerra Civil y había decidido, desde Francia, ayudar a los españoles que estuvieran a su alcance y que fueran perseguidos por el bando franquista.

También fue emocionante escucharles cómo los chilenos, al margen de las instituciones, se organizaron por barrios y pueblos para dar acogida a aquellos españoles que llegaban con una mano delante y otra detrás.

Podrían no haberlo hecho, rememorando las consecuencias de la conquista, pero dejaron a un lado los rencores para facilitar comida, abrigo y hogar a los españoles recién llegados, entre los que se encontraban unos 300 niños.

También había entre los exiliados no sólo intelectuales, sino también muchos artesanos (zapateros, panaderos), ávidos de aportar algo en aquel extraño país. Jamás escucharon un insulto por su lugar de procedencia o su condición de inmigrantes y, por supuesto, no tuvieron que hacer largas colas o hacerse pruebas de ADN para poder ser ciudadanos de primera en un país extraño.

Allí fijaron su residencia, soñaron con un porvenir y aumentaron la familia sin importarles el multiculturalismo o la mezcla de razas.

Sin embargo, el estado de bienestar pronto se truncó con el golpe de estado de Pinochet y su llegada a la Casa de la Moneda en 1973. La persecución política de los partidarios de Allende en particular y de la izquierda en general, hizo que muchos de los hijos de aquellos españoles que habían llegado 30 años antes hicieran sus maletas de vuelta a la madre patria, sólo que esta vez, no había ningún barco Winnipeg esperándoles.

Si bien muchos optaron por irse a Europa, puesto que en España todavía continuaban los últimos estertores de la dictadura, poco a poco fueron regresando, hasta el día de hoy.

La vuelta no ha sido tan fácil para ellos, por el desarraigo que sienten.  Nadie se ha organizado para recibirlos, nadie se conmueve con su historia y todos recuerdan su origen con frases como ¡Inmigrante de mierda vete a tu puto país!

Pues en su país están…

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2 comentarios

Archivado bajo Internacional, Política

2 Respuestas a “Hijos del Winnipeg, hijos del exilio

  1. Jhon Jairo Zambrano

    Vaya que buen texto y pensar que a los suramericanos nos ven como una especie de peste que llega a su país a quitarles el trabajo, sin tener en cuantas tantas cosas que nos deben del pasado.

    • Lamentablemente, así es Jhon Jairo. En España nos falta mucha memoria histórica para determinadas cosas y nos gusta juzgar a los demás, sin antes mirarnos a nosotros mismos. Esperemos que no tenga que pasar ninguna otra catástrofe para volver a recordar lo que es tener que irse de un país.

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